viernes, 25 de marzo de 2011

ANTES QUE SE MUERA EL SENTIMIENTO

ANTES QUE SE MUERA EL SENTIMIENTO

No perderé mis sueños detrás de una sonrisa fingida
Ni de un apretón de manos teñido de compostura
Ni fingiré alegría cuando mis ojos se llenen de lágrimas
Ni volveré a callar cuando mis labios imploren derramar un te quiero
No perderé mi alegría siguiendo con mis ojos una mirada que no mira
Que no sabe a donde va y se deja llevar por las sombras del mundo
No volveré a saborear la derrota de un silencio
La esclavitud de una palabra, la fantasía de un amor que se esconde entre murallas
No perderé mi vida, entre sabanas de ausencia
Entre manos que me esquivan y entre labios que no esperan
No volveré a perder mi tiempo entre las ranuras del olvido
Deshojando margaritas en las madrugadas vacías de cariño
No perderé mis segundos desvistiendo sentimientos
Engalanándolos de mentiras, de comedidas palabras
Para saciar un cuerpo que se orgullece de controlar las razones del alma
No, no perderé mis letras en papeles invisibles
De aquel que no quieren ver más allá de esta piel que cubre mis manos
No volveré a sucumbir a la voz de tu letargo
Que muere lentamente entre acordes y guitarra
Que eso no es vivir, que eso es sólo deslizar los pies sobre el asfalto
No, no perderé mi tiempo hurgando una quimera
Adicta a las sombras, a las heridas abiertas
Que no se permite el sorbo relajado de una copa de ilusión
Por miedo a una muerte segura entre caricias y abrazos
No perderé mi vida en las calles de disfraces
Donde bailas sin música y sonríes sin muecas en tus labios
No, no desvestiré mis ilusiones para vestirlas de falsas apariencias
Aún sueño con magos sin chistera y príncipes que se convierten en sapos
No, no perderé mi inocencia entre pijos y remilgados
Que encubren sus lágrimas entre sus trajes largos
No, no zurciré mis zapatos de mediocridad
Me gusta el roce de manos, las heridas en mis pies
Y el sucumbir a la tentación de unos ojos que no ocultan lo que vibra debajo de sus manos
No, no me vestiré de largo, con falsas etiquetas y media tinta de abrazos
No, no permitiré que vuelvas a callar mis labios
Ni que ates mis manos y amordaces el sabor de este corazón incauto
Amo a corazón abierto, sin barreras sin sedas que oculten mi llanto
Que lo otro no es vivir, es simplemente oler las flores sin usar el olfato
No, no permitiré que sigas jugando
Ahora dejaré que te vayas, no detendré más tus pasos,
Camina tranquilo, nadie perturbará esa paz que andas buscando
Esa donde las heridas no sangren, donde el corazón salga ileso del combate
Adiós, amor, vete rápido
Antes que se muera el sentimiento,
Antes de que las flores se abran a mi paso.
















                                                                                                                                 HILAVE


MURIENDO POCO A POCO

MURIENDO POCO A POCO


Muero lentamente entre los pliegues cansados del silencio. Hurgo los desastres de tu contienda exprimiendo cada poro de tu aliento. Mancillas mi nombre en pro de esos muros que contienen tus debilidades. Me exilias de tus tierras evitando mi sublevación.
Camino despacio por las avenidas preñadas de miedos, abortos gritan mi nombre mientras tú te escondes entre las fieras.
¡No agacharé mi cabeza! Altivo dibujé amaneceres en tus laberintos, arrollé sin piedad los esquemas inalterables de tus anhelos. Pisoteé las agujas insurrectas de las maniobras maquiavélicas de tus centros. Y aún así me destierras a los confines de esos lagos que ahogan mi fuerza, mi empuje. No entiendes que para huir de mí antes debes enfrentarte. Permaneceré en ti a expensas de que consigas aniquilarme. No desistiré en mi empeño de vapulearte para que despiertes de tu letargo, para que mires de frente a ese niño que vive esperando una oportunidad para existir, para gritar, para reír.
Pero mientras tanto muero lentamente entre las manos juguetonas del olvido. Me ocultas entre las sombras de tus miserias, amordazas mi boca y me velas entre cortinas de cordura y frialdad. Juegas al escondite asfixiando tu aliento entre guirnaldas de sutilezas, controlas cada grito de mis manos y me devuelves sin mirar hacia la esquina de mis castigos.
De reojo a veces me observas en silencio y me anhelas. Tu alma despierta en fragmentos de segundos pero tú arruinas todos sus intentos.
Quiero marcharme antes de morir entre tus garras, la sangre corre por mi cuerpo moribundo mientras contemplo tu caída,  lucho por mantenerme en pie en ese mundo sin luz en el que te escondes a diario, pero la tierra bajo mis pies se desvanece a cada paso, y el lodo me engulle hacia lugares desiertos de sueños, de esperanza.
Pido clemencia, quiero exponer mis alegatos antes de ser juzgado y crucificado. Quiero mostrarte el abanico de colores que te pierdes ante tu ceguera de vanidades. Reglas rígidas se instalan en tus fisuras llagadas, que nadie las toque, que nadie las sane, que la sangre no se derrame ante el mundo, porque pueden ver aquello que escondes con tanto disimulo. Aquello que desmorona tus obsoletas verdades.
Te escondes entre vinos y canciones. Te infiltras en sus vidas vacías para no sentir la soledad de esa habitación desierta. Finges alegría cuando alzo la voz, cuando por las rendijas de tus cicatrices salgo a la superficie. Entonces el vacío se instala en tus adentros y huyes sin dirección fija, tropiezas con muros y puentes, corres y corres para no tener que darme explicaciones. Para no tener que enfrentarte a ese espejo que te muestra los abismos de tus miedos. La verdad de tus quimeras, la ansiedad de ese espacio lleno de recuerdos.
Lloro en silencio dentro de tus fisuras, clamo mi lugar en tu mundo y taconeo para que oigas mis pasos. Voces al viento eclosionan cerca de tu cabeza para apartarte de ese lugar, para que te adentres en ese corazón olvidado que exige tu mirada. Para que escuches sus súplicas, sus reproches. Para que desmanteles todos tus axiomas banales y oigas los murmullos sutiles de las luces que serpentean a tu paso.
Voy muriendo poco a poco, envenenado por las cumbres borrascosas que planean sobre tu asfalto. Millones de paraguas salen a tu lado, evitando que te empapes, que un rayo te parta en mil pedazos. Pero tu insistes en permanecer bajo la lluvia, que cale muy adentro de ese sufrir que corroe todas mis esperanzas. Me ahogo entre tus aguas, penetra por mi olfato y se desliza por mi garganta. Ciego siento tu descaro, tu desplante. Esas risas calladas que se orgullecer de aplastarme, de alejarme antes que el cataclismo de mis simientes haga mella en tu vientre.
Ganarás la partida, lo sé, miles de soldados combaten en tu nombre, orgullo y vanidad se llevan la palma, ellos se visten de gala mientras que a mí me coronan de harapos.
Partiré sin dilación, partiré ocultándome entre esas cicatrices que supuran tu descontento, esas que enmascaran el sentir de tu cuerpo.
Voy muriendo poco a poco, durmiendo mis ojos y cerrando mis brazos.








                                                                                                                                 HILAVE

viernes, 4 de febrero de 2011

¿ESTO ES AMOR, ES LOCURA, ES APEGO?

Este amor no tiene freno, me oprime las entrañas, circula por mi sangre regando mi cuerpo, empachándolo de vida, de desconsuelo. Mana entre mis grietas, entre los laberintos escondidos del deseo, aúlla en la noche silenciosa, brama alto para que lo escuchen hasta los espectros.
No silencies mis palabras, que ellas no tienen dueño,
¿Por qué callar lo que siento? ¿Por qué hacer mudo el sentimiento?
Mete tu mano en mi pecho, desnuda la carne que cubre mi cuerpo, acuna al corazón que tiembla entre lloros y lamentos. No me pidas que me calle, que ya no puedo. Tus labios me instan a besarte, a devorarte poco a poco, a mezclarme con tu cuerpo. Este amor engulle todas mis verdades, me captura, me encarcela en un mar de tempestades, donde la calma huye avergonzada, de ese torbellino que arrasa sin piedad todos los raciocinios de esta piel desnuda de pudores y recatados sentimientos.
No tapes mi boca, que quiero lamer todos los rincones de esas manos delicadas que me rozan despertando a la mujer que llevo dentro, atizando el fuego, excitando al paladar de esta boca que se zambulle en las delicias de tus besos. Mi lengua brama sin control por asirse a esa compañera parlante que se esconde  en  el silencio.
Déjame derramar mi lava, déjame que riegue tus montes, tus mares y el asta del barco que navega mar adentro. Que no puedo seguir callada, que no puedo ocultar por más tiempo lo que siento. Bulle dentro de mí, pidiendo salida entre los muros en los que lo tengo preso.  Qué sé que no te debo amar, que sé que este amor es morir  despacio entre tus brazos, entre la seda de tus dedos.
Insurrecta de mi mente,  sublevada de falsas emociones, de sutiles movimientos.  Ya no sé vivir sin alma, me he empachado de pasión, de vida, de el aletear de unas alas que vuelan tan alto que el tiempo no puede detenerlas.
Has llegado arrebatando mis ideas inquebrantables, devastando mi cordura, mi sensatez, la discreción de esta mujer que permanecía en el anonimato, detrás de los espejos, abrazada a las sombras, a las tinieblas de los sentimientos. Callados para no despertar a las fieras, a las emociones deshonestas, al descuidado de formas, a las escandalosas apariencias. Pero mis codiciosos pensamientos volaban alto dentro de mi cabeza, a la espera de tu llegada, a la espera de escapar de esas trincheras, donde sólo había muertos, fallecidos y falsos combates entre el descaro y las sutilezas.
Que no quiero comedidos movimientos, que mi cuerpo brinca por caminar desnudo sin ataduras, sin disfraces que camuflen el sentir de este volcán incandescente que bulle dentro de las paredes de este esqueleto.
Que quiero que explote sin caridad, arrasando sin piedad todos tus controlados pensamientos, que los desnude, los deje al descubierto, sin velos que oculten el manantial que corroe los entresijos de tu alma. Que el dolor los está devorando lentamente, sin pedir permiso. Despojándote de la pasión que mueve los mas devastadores enemigos de tu cuerpo.
Que no quiero seguir muriendo, que si he de amar, amaré, a pecho descubierto, que no me dañan tus puñales, que penetran muy adentro. Porque ellos me dan la vida, el sentir de este pedazo de carne que cubre la flor de mi esencia.
Que ya morí una vez, por callar, por amordazar a este ser que llevo dentro. Por amar lo imposible, por desear el árbol prohibido, y desatar la locura y el desenfreno.
Que tengo celos hasta del viento, ese que te roza las mejillas, penetra por tus labios, baja hasta tu barriga y acaricia las grutas de tu cuerpo.
¿Esto es amor? ¿Es pasión? ¿Es locura? ¿Es apego?
Esto es simplemente vivir, sentir la alegría de tener un cuerpo, de desatar los brazos, de despojarse de los dogmas existenciales, y de las normas del buen comportamiento.
¡Deja que grite mi verdad! ¡Déjame ser libre dentro de la guarida de  esta mujer que aclama su libertad como sustento!
Que amo, amo de verdad, amo… sin tapujos, sin medias tintas, sin pedir permiso para sentir el sentimiento.
¡Déjame que grite! ¡Déjame ser mundana, ser obscena! Que mi sexo arde en alaridos de guerra, en súplicas de tambores de contienda.
Tú has despertado a la fiera, a la prostituta en pañales, a la ramera. Esa mujer que lloraba dentro por salir a escena.
 Cansada de tanta farsa, de tanto morderse la lengua. De permanecer dormida mientras su alma se debatía entre la paz o la guerra.
No calles mi verdad, vete a otro lado si te escandalizan mis descontrolados movimientos, el mimo se atrevió a hablar, a alzar los brazos y despojarse de su vestimenta. Desnudo va por la vida, mostrándose en cada acera, no oculta ya su otra cara, aquella que tanto asusta a aquellos que ocultan su apariencia.
¡Te amo! Lo grito a voz muy alta,
¡Te amo! Ya no me asusta lo que siento.
Pobre aquel que tapia sus sentimientos, sus gritos amargos, sus lamentos. Navegan en mares en calma, nada les aturde, nada les frena.
Pero ¿eso es vivir? ¿Eso es sentir que la vida te apresa?
En esta vida hay dos maneras de andar. Caminando tranquilo sin que el aire despeine tu cabellera. O mezclándote con el murmullo, dejando libre el sentir de tu cuerpo. Gritando si has de gritar y amando sin medidas, simplemente dejando que el huracán irrumpa entre tus grietas, desestabilizando tu monótona existencia.
Que no hay mayor dolor silenciado que aquel que por miedo a sentir no siente lo que la vida le ofrece. 









                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 HILAVE        febrero 2010

jueves, 3 de febrero de 2011

DISTRAER AL CUERPO Y MATAR AL ALMA

Vago errante por los senderos oscuros del destino, te busco entre las sombras y tu luz se desvanece a cada paso. Mi piel se desgarra con tu recuerdo, se deshace en mil preguntas sin respuesta, en infinitas sepulturas que ocultan el sentir de este cuerpo que se resquebraja poco a poco y no consigue encontrar ese sustento que sacie esta hambre primitiva que me corroe las entrañas cada vez que te pienso.
La brisa fresca de la mañana, me mece, me invita a adentrarme en esa selva donde las fieras devoran a sus presas, se alimentan de su letargo, de sus miedos. Me empujan con descaro a pisotear las alfombras del vecino, a comulgar entre la gente, y entonces los abrazo, los siento. Me sacio de esa carne que devora mi alma, y alimenta mi cuerpo. Se nubla la esperanza y este yo cansado de esperarte desfallece, se deja acunar por esas almas que caminan a mi lado, rozándome. Instándome a olvidarme de este yo que se eleva entre la niebla buscándote.
Pero por muchos cuerpos que devore nunca me sacio, mi alma anda hambrienta, famélica de ese amor que colme mis ansias. Son ínfimas las migajas que me ofrecen, porque siempre apareces tú en mi recuerdo, ese tú que me hace temblar con tu mirada, ese tú que mece mi alma y zarandea mi mar en calma. Pero Cansada de esperarte sigo mi camino, me mezclo con la gente, bebo a sorbos sus designios, palpo sus miserias, hurgo entre sus grietas, para volver a contemplar la similitud de esos cuerpos vagabundos, que se contornean en esa soledad que se instala en sus chaquetas.
Y mientras camuflan sus descontentos entre adornos de caretas y aliños de compañía, sus almas, esas que se encuentran en las cuevas de esos cuerpos, desfallecen poco a poco, se hunden en sus infiernos insatisfechos.
¿Nunca comprenderemos que el amor no es pasión sino ternura encerrada entre unas manos que suavemente se deslizan por tu espalda?
No, estamos demasiados ocupados en distraer al cuerpo y matar al alma.


HILAVE 1 febrero 2011

miércoles, 19 de enero de 2011

ENCERRADA ENTRE DOS MUNDOS

ENCERRADA ENTRE DOS MUNDOS


Donde anidan las alondras viraré a descansar mi vuelo. Las alas rotas del aliento suspiran levemente, me invitan a zambullirme en los cráteres de sus vencidos y en las fosas de palabras moribundas que no encuentran descanso en este suelo.
Se descosen los sueños, las maniobras suculentas de la añoranza vienen a visitarme, me invitan a derrotar las armas, a sucumbir a los encantos de la carne, a olvidar los lazos invisibles que difícilmente encuentran su sitio.
Todo se vuelve efímero, las formas sutiles del camino se enmarañan, se vuelven laberintos. Me enredan, me embaucan, tapan mis ojos con sábanas blancas y ocultan las huellas del sendero transcurrido.
La duda corroe mi carne, la certidumbre camina aletargada por mis entrañas. El ayer se fue y el presente no llega.
Encarcelada entre dos mundos, aquello que fui y esto que soy. La nostalgia viaja en mi maleta, y de noche se acopla a mi piel como pijama donde descansa mi sueño. Detiene mis pasos y me aprisiona en un mar de añoranza desierto. La arena de las dunas penetra lentamente en mi letargo, rellenando las grietas con falsos muros que rápidamente se resquebrajan. La oscuridad asoma a mi ventana, mis ojos no ven más allá de esa espesa niebla que oculta lo verdadero.
Me detengo a descansar, lo grande se hace pequeño, el amasijo de los momentos que se fueron me visitan a diario. Se interponen en mí caminar, me dan la mano, me instan a desandar lo andado pero yo… no quiero.
El aletear de mis alas, pierde su fuego, son pequeñas llamas incandescentes que al rugir del aire se apagan lentamente. Las fuerzas se van muriendo, agonizan la esperanza y el anhelo. Los destellos pierden su brillo, las luces ya no las veo.
Es momento de detener el vuelo. De zurcir mis remos, de encontrar las gafas graduadas de mi ceguera. No me empujes a seguir volando, que los muros de mis ventanas ocultan aquello en lo que creo. Que hoy vacilan hasta mis huesos.
Mis sentimientos se esconden furtivamente entre mis pensamientos, se aúnan y eclipsan el sentir de mi cuerpo. Me detengo a descansar, a adentrarme en los confines de este ser que llevo dentro, él sabe la verdad, mi verdad, esa de la que ando huyendo.




Hilave 16 de Enero 2011

domingo, 12 de diciembre de 2010

DURMIENDO CON MI ALMOHADA


DURMIENDO CON MI ALMOHADA

Eran las tres de la mañana cuando regresaba a casa, emborrachado de whisky y perfume. Había caminado por las calles desiertas durante horas. Esta noche el alcohol se había acoplado en su cabeza zarandeando sus pensamientos aletargados. No recordaba qué era lo que le había echo salir corriendo de aquel establecimiento, si las risas fingidas de aquellas mujeres que enjuagaban su tiempo entre vino e hipocresía o la necedad de las conversaciones que escuchaba cada noche tras haber tomado dos copas. Sólo reconocía que era el momento de escapar de todo eso, era el momento de regresar al hogar. Allí lo esperaba su compañera, esa que había estado a su lado en los momentos difíciles. Esa que había aguantado pacientemente sus noches de juerga y su despecho por la vida.
¿Cómo había podido estar tan ciego?
¿Cómo había ignorado a la persona que dormía a su lado?
A veces, somos así, nos dejamos deslumbrar por falsas estrellas que brillan sin luz propia, corremos tras ellas, intentando atraparlas porque lo oculto nos atrae, nos seduce, nos introduce en ese yo enigmático que juguetea con la vida, los sentimientos. Despierta la parte primitiva de la persona, el animal que corretea dentro de nosotros, y se alimenta de nuestras miserias. E ignoramos las pequeñas luces que relucen a nuestro alrededor intentando hacerse un hueco en nuestro corazón, pero como lo tenemos tan cerca, tan accesible, ignoramos.
Eso le había pasado a él, se había dejado deslumbrar por aparentes quimeras y había apartado la luz verdadera que brillaba a su lado. Pero esta noche, el alcohol fiel aliado del alma, había destapado su parte inconsciente, esa que duerme al acaparo del miedo y de nuestras carencias, ocultándose para no tener que enfrentarse a aquello que nos zarandea. Así que después de deambular por la ciudad buscando respuestas a todas sus preguntas decidió regresar a ese lugar del que había huido hacía ya varios meses, porque aunque su persona, la parte física de su yo, regresaba cada noche a dormir al lado de aquella mujer, su otra parte permanecía lejos de ella, tan lejos que a veces ni él mismo conseguía alcanzarlo.
¿Cuánto tiempo hacía que no la miraba a los ojos? ¿Cuánto tiempo hacía que no la veía sonreír? ¿Cuánto tiempo hacía que no se preocupaba de otra cosa que de si mismo?
Recordó avergonzado las primeras veces que regresó a casa  a altas horas de la noche ebrio de ilusorias sonrisas y juguetonas miradas. Y cómo ella dolida y aturdida le recriminaba su tardanza y su indiferencia.
Humillado, bajó su cabeza, detuvo sus pies, y se adentró en el mundo siniestro de sus recuerdos. Pero no quería recordar aquel tiempo, no podía soportar el dolor que había palpado en su rostro, el dolor que había fraguado en sus entrañas. En este instante, intuía que la ceguera había empañando sus ojos, el egoísmo se había hecho su compañero, ese que siempre lo acompañaba, lo presentaba a las demás bajezas del mundo, esas que apartan lo puro, lo ecuánime, lo insólito, lo verdadero.
No, no quería recordar aquellas noches en las que ciego de emociones y empachado de ego, la despachaba con palabras vacías y dormía placidamente. Ignorando que ella permanecía en vela, noche tras noche, debatiéndose entre la agonía y la cordura para poder mantener su templanza.
No, no quería recordar la de veces, que ella peleó, luchó, batalló para que regresara a casa sediento de sus besos y hambriento de su cuerpo. Pero él, miraba con las gafas sin vidrio del miope que no ve más allá de sus narices. Porque no podía contemplar lo que tenía cerca, ya que lo que observaba de lejos lo veía borroso, enigmático, inaccesible. Y le instaba a marcharse a saborear el sabor de lo desconocido, de lo nuevo, lo escurridizo.
No, no quería reconocer que  así fueron pasando los días, las semanas, los meses. Hasta que ella dejó de recriminarle su tardanza, se apeó de la carreta de su vida, para caminar sola, sin su apoyo, sin su aliento. No, no quería verlo, no podía soportar la idea de que la había abandonado a su desdicha, sin una mano donde apoyarse, sin un soplo de aire cuando se asfixiara, la había dejado sola, completamente sola en este mundo desierto.
Ahora reconocía, que él vivía ausente de todo aquello que no estuviera dentro de su piel, vivía su vida, sin percatarse de que a su lado, cada noche un cuerpo temblaba de pasión al roce de su mano, al olor de su cuerpo.
Recordaba con dolor la de veces que ella se acurrucaba en su regazo cuando él cansado de pícaras miradas y juguetonas palabras regresaba a casa, pero aquel hombre, ese que ahora se debatía entre lo real y lo efímero, permanecía impasible ante aquellas muestras de amor y dormía al amparo de las botellas vacías de ron y de las burlonas cosquillas de esas mujeres que despertaban la fiera hostil que luchaba por encontrar salida en este mundo.
Si, ahora distinguía que ella un día cansada de tanta indiferencia, se giro, le dio la espalda y durmió sin esperar ya nunca más nada. Y él sumido entre dos mundos, no se percataba de nada, actuaba como si la escena de su vida, aquella en la que un día fue feliz, se hubiera congelado, aplazado, a espera de que él volviera. Sin comprender que el tren de la vida, no se detiene.
Exhausto, no queriendo detenerse en sus pensamientos, retomó su camino. El silencio reinaba en el ambiente, las calles desiertas, en penumbra y alumbradas por la sola luz de varias farolas, eran sus compañeras. El cielo estaba cubierto de nubes, pero en uno de sus huecos pudo contemplar el halo de la luna llena que de vez en cuanto, entre nube y claro, aparecía. Por primera vez después de muchos meses, se detuvo a contemplar la noche. Esa que le había acompañado tantas horas de lujuria, descontrol y desatino. Esa que le había invitado a  alejarse de su rumbo, tentándolo con los hechizos ocultos del destino.
En las viviendas con las que se topaba a su paso, las luces permanecían apagadas, en esos hogares, el ritmo de la vida seguía su curso. Eran las tres de la madrugada, y entendía que ahí, debajo de esos techos, era donde se lidia con lo mundano, con las realidades agazapadas, con lo cotidiano, y porqué no, también con lo nimio, lo aburrido. Pero, así es la vida, o llena de vaivenes o empachada de rutina. 
Esta noche, el plomo corría por sus venas. Se adentraba en los confines oscuros de sus adentros. Se resguardaba del frío con La chaqueta de cuadros que le cubría hasta las rodillas, y la bufanda azul regalo de su último cumpleaños. Pero todo esto se interponía en su caminar, era una pesada carga, hoy hasta su piel le incomodaba.
Esta noche, después de muchos meses ese hombre que se había preñado de miserias, de vacuos momentos, de falsedad simulada, de horas de tedio y agujeros, había dado a luz… y entre dolores había comprendido que había parido su desconsuelo, su descontento, sus insatisfacciones, sus voces calladas, sus silencios escupidos, su ira contenida.
Se reprochaba su comportamiento, había vivido encerrado en su castillo de cristal, pasando indolente por su lado. Él se había justificado con la falsa excusa de responsabilidad en el trabajo, de necesidad de espacio, de horas de ocio. Pero no había argumento capaz de acallar a su conciencia, el sabía que aunque su cuerpo estaba allí, a su lado, durmiendo al otro lado de la cama, su sombra, ese animal sediento de carne y de sangre despedazaba la vida entre copas, humo y mujeres sin alma.
Aunque alguna noche, cuando el firmamento le gritaba que despertara, que se pusiera las gafas y mirara aquello que sólo las mentes sanas pueden ver. La abrazaba en silencio, a hurtadillas para no enfrentarse a sus ojos, a su belleza intacta. Así día tras día, unas veces fingidamente saciado de vida, entonces dormía placidamente ignorando a aquella mujer que lloraba entre las sombras, y otras veces, se acostaba a su lado, le hablaba, le contaba sus problemas, sus miserias, pero ella no reaccionaba. Entonces él le reprochaba su silencio, su indiferencia, su desdén.
Lo que él no apreciaba era que al principio ella reaccionaba al tacto de sus manos, esperanzada en su regreso. Pero poco a poco, se le apagó la llama, y esa piel que se retorcía por un aliento, por un encuentro, dejó de sentir.
Y el tiempo fue pasando y aquellas luces que brillaban tan altas, fueron desapareciendo, y donde había destellos, ahora sólo encontraba oquedades. Aquello que era accesible se hizo inalcanzable y entonces  apetitoso para su boca hambrienta.
Así que allí se encontraba él, delante de la puerta de entrada de su hogar, con un aborto entre sus piernas, y luz ante sus ojos. Sabía que era hora de traspasar el umbral, de reconciliarse con su vida. De pedir perdón, de valorar lo que se cobijaba detrás de esas paredes.
Angustiado, sin mucha premura introdujo la llave en la cerradura, esa que tantas noches se había resistido a su violación, a esa penetración sin sentido, sin motivo, sin alegría. Noche tras noche había abierto esa puerta, la había franqueado, sin ningún tipo de remordimiento, incluso se había acostado a su lado y acariciado sin inquietud. Pero hoy algo le hacía presagiar lo inevitable.
Cerró la puerta despacio, intentando no alterar el silencio que allí reinaba. Depositó su abrigo en el perchero y las llaves en el aparador de la entrada. Alzó la vista  y pudo contemplar su imagen reflejada en el espejo, pero lo que allí distinguía no era lo que él reconocía en su cabeza como su persona. Su pelo se había cubierto de canas, su vientre se había abultado, sus fachas eran descuidadas, desahuciadas. Se observó las manos, antes tersas y delicadas y ahora arañadas, desajustadas.
¿Cuánto tiempo hacía que no se contemplaba tal y como era? ¿Cuánto tiempo llevaba oculto detrás de esos muros que lo disimulaban?
Caminó despacio por el pasillo que lo llevaba a su alcoba, inserto en sus pensamientos moribundos. Cuando hubo alcanzado su aposento,  se acercó a la cama y lentamente se aproximó hasta el otro lado, donde ella dormía. La contempló bajo la tapa, dormía plácidamente sin realizar ningún ruido. Destapó la manta para besar su rostro y con desolación advirtió que sólo era una almohada dispuesta en el otro lado de la cama.
Desconcertado encendió la luz, para avistar con más acierto qué era aquello con  lo que había estado durmiendo durante mucho tiempo. Efectivamente, era la almohada con la que ella dormía, que se hallaba dispuesta a lo largo del lecho. Enfurecido, tiró de ella con fuerza para lanzarla por los aires, contemplando que junto a la almohada volaba también una hoja de papel. Confuso se agachó a recoger el pedazo de papel, advirtiendo que era una carta manuscrita, con la letra de ella. ¿Cuánto tiempo llevaría la carta bajo la almohada?
Con las lágrimas recorriendo su rostro, se sentó para leer detenidamente sus palabras. Poco a poco deshizo el pliego de papel, que se hallaba doblado en 4 pliegues y comenzó a leer.
La fecha era de hacía ya dos meses y comenzaba diciendo:
Lo siento mi amor, pero me marcho…
Se detuvo para enjuagarse las lágrimas que con más fuerza se deslizaban por su rostro, no podía controlar ese manantial de sentimientos que se había desatado, ese río imperfecto que se había apoderado de su templanza, su control.
Más tranquilo, reanudó la lectura:
Aprendí a vivir sin ti. Hubo un día en el que te necesitaba más que el aire para respirar. Pero tú me apartaste de tu lado. Me obligaste primero a caminar junto a tu carreta, porque yo era una pesada carga para ti. Más tarde a unos pasos más atrás, porque tú corrías tras el viento a mucha velocidad y yo no podía alcanzarte. Hubo un tiempo en el que me asfixiaba, sentía que el aire me faltaba si estabas lejos, pero aprendí a respirar menos, a necesitar menos aire para sobrevivir. Algunas veces te aproximabas a mí y entonces el aire volvía a mis pulmones, pero seguidamente volvías a marcharte, provocando en mí el sofoco, la asfixia.
Entonces comprendí que debía aprender a vivir sin aire. Y así lo hice. Tú te fuiste alejando y yo también me fui, lentamente primero, esperando a que regresaras, a que comprendieras que tampoco tú podías respirar sin mi aire. Pero más tarde advertí que no necesitabas nada de mí, que respirabas otro aire más fresco, menos viciado. Entonces me sumí en la más infinita tristeza, pero tú nunca lo viste. Nunca advertiste que me moría poco a poco, que matabas mi alma con tu desprecio, tus desaires, tus idas y venidas.
Un día llegaste tarde, te acurrucaste a mi lado y rozaste mi rostro, yo me giré para besarte y pronunciaste otro nombre que no era el mío. Entonces comprendí que era hora de marcharme, que nunca me verías, que nunca valorarías lo que era, lo que fui. Así que poco a poco aprendí a no necesitar tu aire, hasta que llegó un día en el que aprendí a respirar sin ti.
Así que me marcho, dejo mi almohada en mi lugar…
¿Cuánto tiempo hará falta para que te des cuenta de que duermes con mi almohada? ¿Cuándo te darás cuenta de que me he ido?
No me busques, me he marchado lejos, nunca más volveré. Mataste mi alma.

Con la miseria como compañera, arrugó el pliego de papel y lo lanzó contra la almohada depositada en el suelo. Enfurecido, más consigo mismo que con los demás, advirtió que en su alcoba sólo había una cama, no había nada más que eso.

¿Con cuántas almohadas has de dormir hasta darte cuenta de que nadie respira tu aire?

martes, 7 de diciembre de 2010

CEDO ANTE TI

CEDO ANTE TI

Cedo ante ti, ya no puedo seguir huyendo. De nada sirvieron enmascarar las palabras, engañar a los sueños, disfrazar los sentimientos de fortaleza y razón para no tener que atender a los dictados que mi alma grita como verdadero.
No soy yo estas manos que escriben, no soy yo, este cuerpo que danza y respira, no, no soy yo, ésta que habla por mi boca y esconde lo que siente.
No soy este cuerpo, no soy esa mujer morena de sonrisa franca y mirada eterna. Esa no es más que la chaqueta que cubre mi esencia.
¡No me mires con tus ojos! ¡No me toques con tu cuerpo!  Que ellos no podrán verme. Me cansé de esconderme detrás de esta piel para no tener que enfrentarme a lo que bulle ahí dentro, para no tener que poner nombre a los sentimientos. 
Cedo ante ti, ya no puedo seguir huyendo. Los matices siniestros del destino reivindican su lugar en esta historia, destruyen sin piedad los amagos indulgentes de este llorar profundo que no comprende mi cuerpo, pero que sin embargo presiente. La razón no entiende los esquemas sintetizados de mi alma, no entiende las lágrimas privativas de estos ojos que no quieren ver más allá de este sentimiento que me alza tan alto que puedo tocar las estrellas.  Cuando has hurgado en el alma, el cuerpo pierde su valor, sólo es un estuche de alegres colores que guardan a esta mujer llena de sueños e ilusiones. A esta mujer que engulle libros y vomita las palabras que en su interior se encierran.
Cedo ante ti, ya no pongo más cadenas. Dame tu mano, apresa fuerte la mía, que no pueda volver a escapar, que no quiero seguir corriendo detrás del viento, que sé que nunca lograré alcanzarlo pero que en mi sueños mas profundos apreso.
Llévame lejos, que la tez de su silencio vuelva a mirarme a la cara, que quiero verlo, que sus ojos me pueden, que sus labios me incitan a mezclarme con mi alma y a no sucumbir a los deseos de mi cuerpo.
Llévame lejos, que las pasiones devoran el alma y hasta el sueño. Que quiero desterrar los falsos sentimientos, que se han apoderado de mi corazón y de mi cuerpo. Pero yo no soy esa, yo deshojo margaritas y vivo buscando lunas. Camino a pasos silenciosos entre la maleza para no despertar a las fieras, para no tener que tirarles de las orejas.  Pero a veces, aunque no quiera, ellos me miran, me observan, elevan sus voces, sus gritos de guerra. Entonces yo me giro, me enfrento a ellos, desarmo sus verdades sólo con mis silencios. No es más fuerte quien más grita, ni más humilde quien más calla. La mezcla perfecta vive en los frascos trasparentes de las almas eternas, esos que no esconden lo que sienten, que se enfrentan a sus fantasmas, a sus hadas y a sus duendes. Aquellos que encontraron su verdad entre los escombros de sus miserias.
Que no sirvo para columpiarme en falsas estrellas, yo trenzo el aire, y subo a mezclarme con ellas. Que yo vivo entre dos mundos, éste,  sensato y cuerdo, y aquel  en el que las almas hablan entre ellas, se reconocen y hacen pactos sin dueños. Que lo terrenal no me interesa,  ni las conversaciones vanas y ni las sonrisas superfluas. Porque cuando río, río de verdad, porque tus palabras la desencadenan. No sé hablar por hablar, simplemente para llenar de voces el espacio vacío del tiempo.
Cedo ante ti, me fallaron las fuerzas. De nada sirvieron el roce de otras manos, ni los besos de otra boca. Ni engañar lo sentido, ni obligar a sentirlo.
No, de nada sirvió el tiempo transcurrido, ni el olor de una rosa, ni la música celestial en mis oídos. Que sólo sé amar a corazón abierto, con desgarro, con sentimiento. Que no sé ocultar los sentimientos, ni callar, gritar, o suplicar por un beso.
No soy aquello que quieres ver, deja de engañar a tus ojos sedientos. Soy calmada y tímida en apariencia, pero dentro de mí se halla una mujer que se oculta entre las luces, que pasa desapercibida ante la mirada miope de las apariencias, que reconoce el aroma, que cierra los ojos para sentir, para distinguir a las almas encerradas en falsos cuerpos, estos que huyen de sus esencias, que se camuflan entre las sombras, para no enfrentarse a sus miedos. Porque yo no entiendo de sutilezas, ni de carantoñas, ni de camuflar las palabras para que no ofendan.  Que siempre digo lo que siento, no quiero silenciar lo que mi alma me grita sin freno. Que soy libre detrás de este cuerpo, no soy tuya, no soy de nadie, mi alma ama a corazón abierto.
Así que cedo ante ti, no combato más en esta guerra, me retiro, me marcho muy lejos.
Búscame en mis poemas, en mis versos, en estas estrofas. Me sumerjo en ellas y danzo un baile perpetuo. Así que me voy a descansar, a beberme a sorbo este veneno, que me limpie por dentro y escupa con ganas las voces zafias y las palabras sin argumento. Que soy lo que soy, el odio no entra dentro de mis lamentos. Si me dañas, me doy la vuelta, me giro, desaparezco.  No sólo daña aquel que grita, que los silencios penetran lento, sin pedir permiso entre las grietas de tu templanza, desmoronándola, sumiéndola en la tristeza, en la apatía, en la añoranza. Que no entiendo de mentiras, ni de los escurridizos sentimientos que aparecen hoy y se esconden al alba.
Que cuando amo, amo de verdad, sin posesiones, sin rencores, ni historias vacuas. Sólo sé amar sin medida, sin control, sin pedir nada a cambio. Que el amor no es un chantajear de formas, ni de intereses, ni de un comedido control de sentimientos. Que amar es sólo amar, no entiende de fronteras ni de distancias. El tiempo no hace el olvido, sólo camufla la añoranza.
Cedo ante ti, me desnudo, me despojo de mis murallas.
Devuélveme mis alas, que andar a ras del suelo araña mis sandalias. Me cansé de esconder mi alma inquieta, de despertar miradas, de levantar cabezas. Ya no escondo lo que soy, medio humana, medio eterna. A veces rasgo mis heridas, abriéndolas en canal para que sangren, adentrándome en los abismos, en los infiernos, en las mil dudas. Destrozando puertas, anegando estancias, zarandeándome para que emerja.  Y otras soy remanso calmo de aguas, donde navegan todos los sabios sentimientos. Entonces no juzgo tus acciones, las palpo, las entiendo, las perdono. Te lanzo en cada pensamiento amor, para que crezcas, para que aprendas, para que rechaces lo superfluo y te adentres en el manantial que circula por tu centro.
Cedo ante ti, las letras me llaman en silencio, me piden que las mire, que me lance mar adentro, entre sus párrafos, sus estrofas, su armonía perfecta de fragmentos.
He dejado de huir, comprendí que no puedes escapar de tus sentimientos, ni de tu camino invisiblemente marcado, ni de la esencia que llevas dentro.
Cedo ante ti, ya no me opongo al sentimiento, simplemente me marcho, sonriendo, feliz de haber saboreado la medida perfecta de dos cuerpos, feliz de haber pactado nuestro encuentro.