lunes, 4 de octubre de 2010

FUI PROSTITUTA Y NO ME AVERGUENZO DE CONTÁRTELO

Mi nombre es María y fui prostituta.
Hoy he decidido contarte a través de la mano de esta escritora, lo que pensaba,  como sentía y lo que ahora soy.
He aquí mi historia.
Todo empezó hace algunos años cuando después de una noche de locura llegué a la conclusión de que era prostituta y me sentía muy orgullosa de ejercer esa profesión.
Podría decirte que tengo dos hijos, que todo lo hice por ellos, pero no sería verdad. Todo lo que hice, lo hice por mí, por lo que yo necesitaba y quería.
Si mi raciocinio estuviera intacto, posiblemente no tendría la valentía de contarte todo lo que aquí voy a relatarte, simplemente te sonreiría, me sonreirías y seríamos tan felices. Pero aquí no vengo a sonreír, quiero desnudar mi alma porque mi cuerpo ya lo he desvestido demasiadas veces.
Quiero que sepas de viva voz, que tengo sucia la boca, sucias mis manos y sucio mi sexo. Aunque también puedo susurrarte al oído que tengo limpia mi alma, porque ella nunca ha pecado. Ella iba buscando como tantas otras su lugar en el mundo, haciendo lo que hiciera falta para conseguirlo. Y si para ello, debía vender mi cuerpo al diablo, pues adelante, no sería más que uno de tantos otros a los que les habría cedido un trocito de mi carne.
Hoy, después de muchas vueltas,  llego a la conclusión, de que vendí mi cuerpo al diablo muchas veces a cambio de un futuro mejor,  y ese futuro mejor nunca llegó.
 Quiero contarte la primera vez que me prostituí, siendo esto la antesala de lo que me depararía la vida por muchos años.
 Era joven, muy joven. Pensaba que el mundo era el lugar perfecto para experimentar todo aquello que mi fría cabeza imaginaba. Todo estaba permitido para mí, todo, no te escandalices, absolutamente todo.
 No pienses que mi escenario era siempre una discoteca, no te confundas.
Era prostituta, pero de las que pasan desapercibidas ante las miradas de quien desconoce este oficio.  Mi cliente podía ser  el jefe de una gran empresa, el camarero de un bar, el dependiente de un centro comercial, un auxiliar de banca; en definitiva, cualquier colectivo que tuviera un rabo entre las piernas.
 Mi trabajo como todo buen comercial, sólo consistía en captarlos, hablar con ellos, seducirlos y posteriormente llevarlo a mi terreno de forma sutil.
 Mi primer cliente fue el panadero que trabajaba en la esquina de mi calle. Un hombre maduro muy atractivo y casado con una gruesa señora, enfadada con el mundo. Estuve varios días tirándole el anzuelo hasta que un día, en su ignorancia picó.
Fue una mañana calurosa, un gran escote y una sonrisa picarona… eso era suficiente. Con este tipo de hombres era fácil, años después lo descubriría.
Él miraba mis frutos prohibidos, estratégicamente enseñados. Y con un movimiento de pelo, una mirada burlona, todo  muy perspicazmente ingeniado, tendí mis redes y le dije:
- ¿Haces algo esta noche? ¿Te apetece que salgamos juntos cuando termines tu jornada?
La pregunta le cogió fuera de juego, esa era mi intención, sin tiempo para pensar.
Y lo único que pudo hacer fue responder con un: si, claro, luego nos vemos.
Había hecho bien mi trabajo, aunque no había sido difícil, lo reconozco.
 Cuando llegó la hora del cierre de su negocio, yo lo estaba esperando en la puerta engalanada con mi mejor traje para atraer a la presa hacia la trampa.
Subimos en mi coche y nos marchamos hacia un lugar donde nuestra presencia pasara desapercibida. Él no paraba de propinarme piropos y mi sucia boca infame y mentirosa le seguía el juego.
 Esa noche fue sencillo. Éste era un hombre con poca sustancia en su cabeza y grandes proporciones en su entrepierna. Por lo que no voy a detenerme mucho en este punto.
Simplemente comentarte que cenamos, tomamos una copa en un disco Pub y seguidamente follamos en un hotel cercano, donde mis sucias manos acariciaron un cuerpo que aborrecía y mi sucio sexo fingió sentir un amor que realmente no existía.
Por la mañana cuando desperté, él había pagado mis servicios depositándolo en la mesilla de noche y se había marchado.
 Y esto, fue el preludio, de tantas otras veces, que los hombres se volvían vampiros de noche intentando saciar su sed conmigo, y a la mañana siguiente, o desaparecían,  o caminaban a mi lado como grandes desconocidos, cuando horas antes, mi brazo había rodeado al suyo cómplices del momento. Pero bueno, era consciente de que ése, era parte del pacto. Una noche loca de pasión por recibir un pago por mis servicios. No había ni compromisos, ni falsas mentiras, ni falsa esperanzas.
 Después del panadero vino un relojero, un comerciante, un alto directivo y hasta un barrendero. Todos al igual que mi primera conquista, fueron seducidos y posteriormente llevados a mi terreno. Descubrí que era fácil engañar a los hombres, tan sólo era revelar cuales eran sus necesidades y debilidades, y jugar, a dejarse conquistar por ellos.
 Pero, como siempre pasa en la vida, un buen día conoces a alguien que descuadra tu mundo. Todo aquello que tenías pensado y calculado se te escapa de las manos. Todo lo que creías conocer de los hombres era falso o en este caso, no te servía.
 Creo que te gustará conocer esta historia, porque con ella descubrí el porqué era prostituta y cómo decidí dejar de serlo.
 Su nombre es Ángel, lo conocí una tarde en una librería, mientras él ojeaba un libro de Eduardo Punset. Cuando lo vi, supe que sería mi siguiente conquista.
Como siempre, emplee mis artimañas para captar su atención, dejé caer un libro justo al pasar por su lado, y él, como buen caballero, se agachó a recogerlo. Eso nunca fallaba.
A partir de mi primera jugada, comenzamos a hablar de libros, de la vida, y entonces, pasé a la segunda jugada, invitarle a tomar algo. Pero para mi desconcierto el se negó.
Esto era algo que no entraba en mis cálculos y me encontré, que la que estaba fuera de juego, era yo. Entonces con mi mente rápida, planee la tercera jugada, hacerme con su número de teléfono, a lo que él accedió. Por lo que no estaba todo perdido, aún podía seguir lanzando el anzuelo y tal vez, alguna vez, él engancharía la carnada, y entonces lo atraparía.
 Efectivamente así sucedió. Eché la caña al mar varias veces hasta que una de ellas él mordió el anzuelo y quedamos para cenar. Ahí descubrí que al contrario de mi primera conquista,  su cabeza estaba llena, aunque aún no sabía el tamaño de su entrepierna. Y no lo descubriría hasta varias citas más tarde
 Y así llegó, la cita definitiva, aquella en la que debería pagar por mis servicios.
Para ello quedamos en un bello restaurante en el centro de la ciudad. Pasamos una velada magnifica, nuestra conversación siempre era fluida y amena. Con cada copa, él se desinhibía un poco más y yo iba ganando la batalla.
 Del restaurante pasamos a una discoteca, donde las luces de neón, nos acompañaron toda la velada. Copa tras copa, su lengua se fue soltando, mis manos acercando, y mi boca hasta ahora sucia, descubrió, que por primera vez deseaba besar esos labios.
 Habíamos pasado de ser dos desconocidos a dos amigos de toda la vida. Paseamos por la ciudad cogidos del brazo, mientras nuestras sonrisas retumbaban en las calles desiertas y mis tacones al caminar  sonaban como tambores de guerra.
 En uno de esos acalorados momentos, él se detuvo en seco y besó mis labios. Primero, un beso efímero, después un beso dulce. Para finalmente terminar por un beso apasionado.
 ¿Quién seduce a quién? ¿Quién desea hacer el amor? ¿Quién ha caído en las redes? ¿Yo, o él?  Pensé no muy segura de la respuesta.
 Caminamos hacia un hotel, subimos despacio hacia la habitación, y una vez estuvimos dentro, él me abrazó acariciando mi espalda lentamente debajo de mi blusa, hasta que sus manos expertas dejaron mis pechos al descubierto.
 Nunca había hecho el amor, lo reconozco. Había follado muchas veces. Todas a cambio de mis honorarios. Era virgen y él no sabría reconocerlo.
 Cuando sus labios me besaron, sentí un escalofrío inusual que recorrió mi cuerpo. Mi boca sucia pronunciaba palabras impensables en mi persona. Y esta vez nacían de mi corazón.
 Mi cuerpo temblaba de miedo, quería que sus manos lo recorrieran palmo a palmo, despacio, para poder retener esa sensación por mucho tiempo. Sus ojos hablaron un lenguaje desconocido, la ternura llenaba la habitación, la cama, mi cuerpo y mi alma.
 Pasaron minutos hasta que me percaté que su miembro era directamente proporcional al tamaño de su inteligencia. Pero eso para mí ya no importaba.
 Me hallaba sumida en un trance profundo, eso era hacer el amor, y habían pasado muchos años hasta poder  apreciar la diferencia.
 Cuando mi mano se posó en su espada, noté la dureza del acero en toda su magnitud. Nunca había sentido nada parecido simplemente por sentir su arma en posición de atacar.
¡Y dios mío, como atacaba!
 La lucha fue terrible, porque no había tregua, no había descanso. Descubrí que era capaz de morir varias veces con la misma arma. Si, morir hasta subir al cielo y volver a resucitar  para volver a morir con más fuerza.
 Si, descubrí lo que era hacer el amor y…aún no había cobrado nada por ello.
 Pero, rápidamente la mañana llegó y atrás quedó la pasión, el frenesí y la locura. Y cuando desperté, él aún estaba a mi lado,  y aunque sabía que cuando alcanzáramos la calle él no actuaría como todos mis otros clientes. Era yo, la que no quería que fuera como siempre.
 No quería cobrar nada por ese acto de amor, sincero y sentido en las tripas.
 Porque siempre había cobrado por mis servicios, de una u otra manera.
Había muchas formas de pagar y yo me la conocía todas. Desde la primera vez que cobré con una nota en la mesilla de noche que decía: el polvo ha sido maravilloso, de mi amigo el panadero. Seguido por  unas palabras de cariño: eres maravillosa y estupenda, de aquel joyero de la esquina 25. Hasta la promesa de boda y claro está sentencia de divorcio, del auxiliar de banca que me atendía en la entidad bancaria cada mañana.
 Había prestado mis servicios a cambio de cualquier muestra de cariño independientemente de mis sentimientos hacia ellos.  Era mi necesidad y la cubría de ese modo.
 Pero esta vez, era diferente.
Había descubierto que vendía mi cuerpo a cambio de palabras, sólo palabras, dichas al aire o escritas en un papel. Algo que a la mañana siguiente me hacía sentir, sola, vacía y sucia, asquerosamente sucia. Porque yo, no sentía nada.
 Había descubierto otra forma de sentir, otra forma de mirar y hasta de oír.  No quería cobrar nada, me había enseñado algo que aún no conocía, la capacidad de amar sin pedir nada a cambio. La capacidad de sentir una caricia, un beso y una mirada.
 No, lo tenía claro, esta vez no quería cobrar nada.
 Así que me levanté de la cama, me vestí rápidamente antes que él se despertara, y desaparecí.  Con mi bolsillo vacío y mi corazón lleno.
 Caminé despacio por las calles aún desiertas, con la certeza de que jamás volvería a vender mi cuerpo. En ese momento fui consciente de que, había mentido, manipulado y engañado por conseguir unas muestras de afectos…
 ¿Y lo que sentía mi corazón, dónde lo había dejado?
 Pero eso, se ha acabado, mi fiel lector.
La mujer que hoy se desnuda ante ti, ha descubierto la grandeza de su alma, esa que sólo unos privilegiados pueden ver, esa que se esconde tras el cristal cada mañana a la espera de que alguien la vea en aquel anonimato tan profundo.
 Esta es mi historia,
Y  tal y como la sentí te la he contado. Fui prostituta,  y no me avergüenzo de decírtelo. Tuve que tocar el cielo para darme cuenta que me hallaba en el infierno. 

Unos venden su cuerpo, y otros su alma, y no siempre es a cambio de dinero


                                                                                                            Hilave Marzo 2010

SOY UNA CONTRADICCIÓN PERPETUA

No me  preguntas ¿Quién eres? Porque…

Soy fuego cuando me apasiono y frío cuando la decepción me encierra
Tempestad en mi interior y calma en mi apariencia
Aquello que a veces quiero ser y no soy lo siempre quiero
Sueño cuando vuelo alto y pesadilla cuando no hago caso a mi conciencia
Soy una niña cuando de ilusiones se trata y una mujer cuando muevo mis caderas
Todo aquello que un día quise ser y no soy nada de lo que la vida espera


No me preguntes ¿En que piensas? Porque…

A veces pienso lo que no debo y debo lo que no pienso
Toco el cielo con los dedos y el infierno con mis huesos
Rozo tu piel para sentir y siento para tocarte
Sueños para vivir y vivo para soñarte


No me preguntes ¿qué le pides a la vida? Porque…

Quiero vivir despacio y morir deprisa
Dormir despierta y soñar de día
Llorar de alegría y reír de pena
Atarme a tu piel y romper todas las cadenas
Quiero ser tu esclava y ser libre en cada madrugada


Soy todo eso y no soy nada porque soy una contradicción perpetua

LA MIRONA DE RECUERDOS

LA MIRONA DE RECUERDOS

Como cada día, encerrada en su destierro, ella vaga olvidando su destino. Su caminar es pesado, lento y su rostro denota la derrota en la batalla.  Lleva años enfadada con el mundo, enojada con ella misma e incluso con todo aquello que desconoce y admira.

La onda de sus cabellos le acaricia la mejilla y ella lo aleja de su rostro para evitar que ese roce acune su corazón.

Cada día de regreso a la trinchera, su mirada se detiene en la casa de la colina, las carcajadas de unos niños detienen sus pensamientos siempre controlados y comedidos, percibe una interrupción incontrolada.

Detiene sus pies y mece su alma con la música que se instala en sus oídos. Ese instante la aleja de su mundo, de su realidad, de su camino. Pero permanece allí como una mirona de recuerdos.

Una familia feliz habita esa casa. Un coche rojo estacionado en la verja, una bicicleta a la espera de un cambio de rueda, un padre que canturrea canciones  mientras observa la vida a su alrededor, una mujer que corre detrás de una pelota mientras sus hijos ahogan el silencio de la soledad con gritos de alegría.

Por lo que cada día, se detiene, observa la casa de la colina, escucha las risas, los gritos y el chirriar de las ruedas y se instala por unos minutos en ese escenario.
Sonríe radiante cuando los observa.

Al hijo pequeño se le ha caído un diente, el padre ha cumplido años y festejan el aconteciendo, la madre salta de alegría, ha conseguido finalizar su obra.  La pequeñaja actúa en una obra de teatro y todos sonríen al verla bailar. El padre mira a la madre, ambos asienten, han hecho una buena labor. Es una familia feliz.

Las risotadas trasmutan su estado, transforman su semblante. Hay una familia feliz en la casa de la colina.

El reloj sigue su curso y ella debe continuar su camino, ir al encuentro de ese destino que la espera en silencio, callado, asfixiado.

Sólo ese instante la mantiene unida a este mundo, sólo ese momento le permite poder afrontar su realidad.

Así pasan las estaciones y la mirona de recuerdos dibuja una sonrisa cada vez que contempla la casa de la colina.

Pero hoy, para su desconsuelo, por más que se aproxima no escucha las voces de los niños.  El humo de la chimenea dibuja imágenes en el aire, pero el silencio es el ruido reinante en aquel paraje.

Desconcertada, intenta acercarse para escuchar esas risas calladas, pero en vez de eso, escucha lamentos en el aire. Estremecida por ese clamor, se concentra en el sonido, y escucha claramente un llanto desgarrador.

Contrariada por lo que siente, retrocede sobre su marcha e intenta apresurar el paso, intentando escapar de aquel llanto ahogado que truena de aquellas paredes. Pero no lo consigue. El llanto de esa mujer se instala en su cabeza pidiéndole avanzar en su camino.

Así, que se aventura a aproximarse a la casa de la colina. Jamás ha estado tan cerca, jamás la mirona ha ojeado a través de la ventana la escena. Jamás había sentido la necesidad de verificar sus pensamientos…

Empina sus pies y abre sus grandes ojos para poder contemplar lo que ocurre en esa vida, puede ver como esa madre feliz que reía jugando con sus hijos, está llorando junto a la chimenea,  mientras el padre contempla el fuego ensimismado por el chirriar de las llamas.

Él no se percata de que ella llora, de que ella sufre…

Menea su cabeza e intenta gritarle al oído. Pero él no la escucha, permanece inserto en la visión del fuego, y ella parece invisible ante sus ojos.

Entonces, para hacer oír su voz, grita con todos los sonidos que su garganta conoce, grita y grita y sus palabras no forman tonos en el aire…

La angustia la corroe, el dolor tira de con fuerzas hacia dentro, hacia la cuna de su existencia, no puede contener sus lágrimas, no puede controlar ese sentimiento que ha nacido al contemplar la escena…

-     ¡Mírala, por favor, mírala! Le grita sin obtener respuesta
-     ¡No ves lo que está sufriendo! ¡despierta, por favor despierta y mírala!

Pero nada parece inmutar el acto de esta tragedia.

Cansada de tanto dolor, se gira sobre si misma y continúa su camino, como cada día, como cada tarde.

Y así van pasando las estaciones y el llanto desgarrador cada vez se escucha con más fuerza. Ella tapa sus oídos para no oírlos, pero se emplaza en sus sentidos como flechas.

Hasta que un buen día, ésta deja de oír el llanto, deja de oír plegarías en el aire, se olvida de la casa de la colina y cambia de rumbo, de dirección. Hace las paces con la vida, con su vida. Desaparece de ese escenario que tanto dolor le causa y dibuja sueños en el aire, sueños de felicidad y amor.

Y llega el verano caluroso y pesado, y el otoño, donde todas las hojas secas se caen, y el invierno, frío y triste pero con esperanzas de que llegue la primavera y  vuelve a llegar el verano… esta vez cargado de luz y compañía.

Y hoy mi querida mirona camina serena, con el sol acariciando su cabeza.
Hoy sonríe feliz... Ahora, pasea con dos niños de la mano, los observa y los ama profundamente, alguien la mira en silencio, la admira, la apoya y aunque el no se lo dice, lo siente.

Pero al pasar junto a la casa  de la colina, ésta la sigue hipnotizando, la sigue capturando en su agonía, en su sufrimiento.

Ya ha cesado el llanto desgarrador. Se le han escapado los sonidos, ya no truenan en su cabeza como el retumbar de las abejas. El humo no dibuja el cielo y el coche rojo no adorna la puerta. Pero al mirarla, la soledad se instala en su interior, algo la insta a acercarse, a despejar sus dudas, sus sentimientos.

Se asoma por la ventana y no ve a la joven llorando, ni a los niños jugando, ni muebles, ni libros, ni enseres, sólo puede observar al padre feliz que sigue mirando el hueco de la chimenea apagada.

Un impulso la empuja a adentrarse en aquella casa, y se sienta a su lado sin pronunciar palabra, le coge de la mano y lo acuna en su silencio. El padre la mira con callada aptitud y gira su cabeza hacia la chimenea apagada.

-     ¿Qué es lo que contemplas? ¿Qué haces aquí? Le pregunta ella en silencio.
-     El resplandor de las llamas, mantengo el fuego encendido para que cuando ella vuelva, encuentre nuestro hogar caliente. La echo de menos, y sin ella la casa está fría.  Le contesta él sin mucho aliento.
-     Ella no volverá… se han marchado lejos.
-     Volverá, sé que volverá… dice él con aire convencido.


Entonces ella se inclina, le acaricia el rostro y lo mira delicadamente. Al contemplarla, él deja caer una lágrima.

-     Llevas años mirando la chimenea, ignorando mi llanto y mi agonía ante tu silencio desolador. Tuve que marcharme, tuve que escapar de ese silencio que me devoraba el alma.
-     ¡pero si yo te quería! Eras mi vida, mi aliento…
-     Ahora lo sé, yo si lo sé. Pero antes no pude entenderte, no pude comprender tu soledad del alma, tu miedo contenido y controlado. Tenías tanto miedo a perder que olvidaste demostrar tu amor. Tenías tanto miedo a la soledad que creaste un muro con el que tapabas tus sentimientos y emociones. Tenías el corazón tan dañado que no me permitiste ver tus debilidades, tus carencias, tu dolor… camuflándolo con indiferencia, silencios y ausencias. Y lo único que hizo fue separarme de ti.
-     ¿Qué puedo hacer para que vuelvas? ¿Qué hacer para dejar de quererte? ¿qué hacer para continuar viviendo?
-     No dejes jamás de quererme, quiéreme en cada persona que conozcas, reconoce tus errores y rectifica.  Me tuve que marchar para que tu aprendieras, para aprender yo, para enseñarte a valorar, a apreciar… jamás volveré, encontré mi felicidad, y tú debes encontrar la tuya…

Un hombre permanece delante de una chimenea encendida, mirándola ensimismado. Un ruido lo saca de su hipnosis, sacude su cabeza y mira a su alrededor. Contempla  a la joven que se encuentra apoyada sobre su hombro y dice:
-     ¿Sabes que eres lo mejor que me ha pasado en mi vida? ¿Sabes lo mucho que te quiero? No permitas que deje de repetírtelo jamás.

LA DAMA DE LUZ VE DESTELLOS DONDE HAY OSCURIDAD

LA DAMA DE LUZ VE DESTELLOS DONDE HAY OSCURIDAD

La dama de luz siempre ve destellos donde hay oscuridad,
Transmuta las sombras en luces y le sonríe a las estrellas.
Vaga entre los confines del mundo buscando una escalera que la conduzca hacia el cielo pero sólo encuentra falsas estelas.
A veces sus ojos velan la realidad con paliadas imágenes, incapaz de ajustarse al traje de este mundo donde los hombres esconden su verdadera naturaleza para adecuarse a los estereotipos marcados en un canto sin melodía.
La dama de luz sonríe cuando es feliz y llora cuando la pena la ahoga,
Pasa por la vida acariciando insolentemente sus cuerpos hibernados,
Pero ellos giran la cabeza e ignoran lo insustancial de su existencia.
Ella zarandea indecentemente lo baladí de sus verdades,
Pero sus decorosos axiomas surcan anodinamente sus vidas.
La dama de luz sonríe…
Inepta de adaptaciones y experta en emociones.
Cubre sus cabezas con sombreros de sueños
Pero ellos los lanzan al cielo y descubren sus melenas
Presumiendo de brillantes ungüentos.
Mima sutilmente sus miedos brindándoles espadas
Y ellos la envainan rápidamente para no tener que luchar en la batalla.
Cansada, sigue caminando intentando encontrar esa escalera que la eleve al cielo,
Mientras la estirpe de su sangre, las esconde, para no tener que tambalearse en la subida.
Ella no desiste, menea sagazmente la tierra a su paso
Para que abran sus ojos al abismo y penetren en el interior de su letargo.
¿Dónde estáis? ¿En qué lugar de vuestro firmamento os halláis?
Grita torpemente en sus oídos… Pero nadie la atiende en su llanto.
La dama de luz sonríe… pero sigue caminando.
Mira dentro de tus ojos y desata la venda que te oculta
Un hombre vive sin vivir y muere sin haber vivido
Se pregunta: ¿por qué no luché por ese amor? ¿por qué ignoré la voz de su reclamo?
¿Por qué callé cuando debí hablar?, ¿por qué la perdí sin ni siquiera haberlo intentado? 
Siempre atados al pasado, al tiempo derrochado…
Agita vuestras cabezas, mostrándoos el vértigo que os encadena
Pero ajustáis vuestras caderas a las seguras avenencias.
Vivís pensando en el mañana ignorando que el supremo no avisa de su llegada
Te apresa de la mano y devasta tus sueños inmolados. 
Y cuando te ves allí, lejos de lo mundano, pides poder vivir el dolor y lo humano.
Suplicas mezclarte con la vida, aunque sientas sus codazos
Porque cuando te abraza con ternura te elevas al cielo entre sus brazos.
No le digas que has vivido porque paseas simplemente por su lado
Vivir es embrollarse entre sus gentes, enredarte entre los hilos de su trama
Anudarte a su cintura y desmantelar tu estampa.
Vivir es saborear el sabor de la derrota, hundirte en el abismo
Y volver a levantarte emborrachado de dolor
Pero aún así, sigues caminando, alzándote una y otra vez cuando te caes
La dama de luz sigue buscando su escalera, convencida de que podrá encontrarla
Pero los hombres han huido de su origen e ignoran el contorno de su linaje
Viven enclaustrados en sus prisiones poniendo mil objeciones
Decepcionando a nuestra dama que busca la luz entre las sombras
Y sólo consigue encontrar fulgores en el aire.
Pero ella, siempre insolente y divertida juega con tu alma
La embauca con su sonrisa y la apresa entre sus garras
Sabe que encontrará esa escalera con la cual ascender al cielo
La dama de luz siempre ve destellos donde hay oscuridad
Ostenta la casta de nuestra estirpe y erige faroles en la mar.

SE ESCAPARON LAS PALABRAS

SE ESCAPARON LAS PALABRAS

Miro a tus ojos y lloran mis labios, se fueron las voces en el tiempo, se esfumaron los sueños, hasta se escaparon las palabras.
La nada acompañó nuestro encuentro entre suspiros inciertos, el tiempo corrió más rápido que nuestros cuerpos, y nada pudo detenerlo. Mi voz te pedía clemencia, en el más absoluto silencio inhalando esperanzas, intentando resucitar lo que ya estaba muerto.  ¿Dónde quedó el sentimiento? ¿En que lugar del camino se perdieron?
Mueren lentamente las palabras y no salen ya de mis labios sedientos.
Se han evaporado entre arenas blancas, entre sabanas y almohadas, entre caricias en la alcoba entre las luces y las sombras.
La nada acompañó aquel momento, las frases se deshicieron en palabras y éstas se desgranaron en sílabas desmoronándose en vocales que desaparecieron dejando una oquedad tan grande que me hundí en el mutismo de versos.
Muda se encuentra las cuerdas de mi guitarra, ya no cantan ni los instrumentos, se han ido las palabras, se han escapado con el viento.
El vacío se ha instalado en mi boca, ya no hay conversación, ni recuerdos, se evaporaron en la última cruzada, las he desechado al destierro. 
¿Cómo pudo sucedernos? ¿Por qué no luchaste por retenerlo?
Se han escapado las palabras, ya no hay simultaneidad de movimientos, fue un saludo distante, una despedida sin fonemas, ni lamentos.
Gélidos suspiran mis labios, no pueden pronunciar voces ni ecos, estos serán mis últimos vocablos, ya no hay más intentos. A lo lejos las miro corriendo, ya no pueden detener el momento, el mutismo se ha cosido a mis huesos, les digo adiós y lloro a gritos para alzar mis sonidos al cielo.
Se escaparon las palabras, y tú no corriste a su encuentro, las dejaste morir, y no fuiste a su entierro.  Ellas te esperaban a cada paso, esperanzadas a que las reconocieras, pero tú mirabas hacia otro lugar, para ti no era más que agitados fonemas.
Se escaparon las palabras, yo las vi como se iban huyendo, incapaces de soportar la frialdad de ese momento. La gente viene y va, pero sus palabras se quedan en el recuerdo, somos lo que un día dijimos, somos nuestras voces y nuestros quejidos.
Se escaparon las palabras, así lo he sentido,  algo en mi interior ha muerto, algo en mi interior ha concluido.
                                                                       buscando lunas 29 de septiembre 2010

domingo, 3 de octubre de 2010

HOY ESTOY CANSADA

HOY… ESTOY CANSADA

Hoy estoy cansada, cansada de ir siempre corriendo detrás de la vida y que se escabulla entre mis dedos cuando la alcanzo. Cansada de creer en ella, y que se evapore sin pedir permiso entre mis aguas. Si, cansada, estoy cansada, de llenar mis cantaros de esperanza y que se desparrame por los jirones de mis enaguas.
He bajado a los infiernos, he abrazado a ese demonio en el que no creo pero que hoy se instala en los huecos de mis ventanas. Se queman mis sueños entre lágrimas de sombras, mientras me asfixio buscando el aire en los rincones de la añoranza.  Penumbras llenan mis manos vacías, la oscuridad me acompaña, quiero hundirme en los abismos, y descansar de tanta batalla.
Mi silueta se desvanece entre los dedos de mi cabaña, busca reflejos en los espejos y sólo encuentra hipocresías y zafias artimañas.
Hoy… estoy cansada
Quisiera desterrar por esta noche la semilla de mi linaje, la pureza de mi casta, la beldad de mis palabras… huir de este cuerpo que me aprisiona a una vida donde nada tiene sentido, donde las luces rápidamente se apagan, quiero volar, sólo eso, volar tan lejos como mi alma quiera llevarme, tan lejos, tan lejos, que nadie pueda alcanzarme…
Sólo quiero volar, ¿lo sabes? Quiero escapar de este caminar sediento, de este peregrinar sin aliento, quiero desvanecerme, innovarme en agua, surcar los montes, acariciar las laderas de esa montaña, tocar su tierra y penetrar lentamente por los poros de la cascada.
Hoy… estoy cansada
Cansada de fútiles encuentros, de inertes miradas, de manos sin dedos, de cuerpos sin alma.  Cansada de caminar sin red, de mentes vanas, de sonrisas robadas sin pasión en las entrañas. Intento volar y no puedo, quiero elevarme tan alto que nadie pueda enredarme entre sus sabanas, no quiero caricias sin nombre, no quiero besos que no perturben mi balanza.
Hoy… estoy cansada
Se anegan mis sueños, se desborda mi templanza, se esfuma mi sonrisa y se secan mis lágrimas. Quiero caminar sin cordura, quiero abrazarme a la insensatez de una mirada, hoy me duele tu ausencia, necesito que me devuelvas mis alas. Necesito sentir el deseo de tu piel, el latir de tu almohada.
Si, hoy estoy cansada, cansada de cerrar los ojos y no ver nada.
           
                                                                                                                                                                                                                                                       Escritora de sueños septiembre 2010

viernes, 1 de octubre de 2010

Morir en tu hoguera

MORIR EN TU HOGUERA

Desnuda sin pudores en el alma mis pensamientos recorrían  cada movimiento. Tu boca hablaba mientras cuidadosamente se adentraba en los confines de mi cuerpo.
Acariciabas lentamente la curvatura de mi espalda, y yo, cerraba los ojos para poder entregarme por entero a ese estremecimiento que desbordaba todo lo antes imaginado. Sentía como tu badana se fundía con mi epidermis y se hacían una. Tus manos se deslizaban sutilmente por el contorno de mi silueta, deteniéndose en cada curva, en cada pliegue de mi membrana. Mi guarida se inundaba de aguas, y yo en un intento de sofocar la sublevación de los latidos de mi sangre me amotinaba poniendo mil barreras a ese sentimiento. Pero tú resbalabas paulatinamente los dedos por mi recatada piel desatando las indecentes pasiones que se mantenían ocultas debajo del traje que cubría mi imagen.
Mientras surcabas libre de certezas los surcos de mi envoltura, mi mente imaginaba tus ojos, tus labios, tu boca y me estremecía con cada roce de tus yemas
Como serpiente fuiste reptando dentro de mi madriguera, con movimientos silenciosos  al ritmo de mi cadencia. Mis caderas se contorneaban al son de la música que se instalaba en mi sexo y mi raciocinio se evaporaba dando paso a mis sueños.
Sólo pude elevarme, evaporarme de mi cuerpo y mirar desde los confines del universo. Era mucho más que dos cuerpos, era mucho más que sentimientos, era amar desde el infinito del firmamento.
Percibía la sintonía en mi interior, los acordes entonados desde la parte más profunda de mi organismo. Tus maniobras eran lentas y pausadas, como queriendo detener el tiempo con la punta de tus dedos. Rozabas sin premura las cuerdas de mi guitarra, conteniendo mi aliento en cada nota, en cada sostenido. Ascendías remisamente y volvías a bajar, girando tu pulgar en el sentido de las agujas del reloj.
Acróbata contorneándose al son del compás, sintiendo, padeciendo, devorando las ansias del deseo. Mis simientes latían al son de la música, tu música. La que modulabas a través de los latidos. El tono fue elevándose, ascendiendo, trepando hasta la nota más alta, haciéndome estallar en aullidos de color, ritmo y sentidos.  Descendiendo paulatinamente hasta los confines de una audición sin sonidos en el tiempo.
Seguidamente tus labios se acercaron al manjar de mi boca surcando las viandas de mi lengua, penetrando en el subsuelo de mi seno.
Mis ojos te imploraban en silencio un nuevo movimiento, un nuevo toque de guitarra, un caminar obsceno sin mirones, ni pudores en el cuerpo.
Habías afinado el instrumento, provocando la contienda, la guerra sediciosa, de insurrectos en la alcoba. Habías despertado mi vena lujuriosa, pedía indulto para mis anhelos, para mis ansias, para mi destierro. Usurpando tu atención en cada mirada, en cada caricia, en cada beso. Mi organismo vibraba al contacto con tus dedos, ascendía, descendía y nada podía detenerlo.
Chasquee al alguacil de los controles de tu cuerpo, con mimosas miradas y fugaces movimientos, desbordando todos tus recuerdos.
Mis sombras gatearon los espinosos muros de la razón engatusando los designios que dominaban mi intelecto. Expulsé sin recatos los cánones regidos por mis reglados pensamientos.  
Y te vi ascender, cogido de mi mano por encima de nuestros cuerpos, sonriéndole a la luna, y guiñándole al carcelero que me tenía preso.
Un torrente de emociones hechizó el aire que respirábamos en silencio, colmándolo de luz, de esperanzas y de emancipados sentimientos.
Tus brazos me ascendieron en volandas, sorbiendo de golpe cada poro sediento de alimento, destruyendo barricadas, anegando las lagunas de la contienda, recorriendo con tu boca los caminos empedrados de la reyerta. Y recorriste mi vientre y descendiste a mi lago, y tu lengua anduvo despacio por las rendijas de mi alma desierta. Elevándome en alaridos, en cantos de voces sin letra, en tambores sin palillos, en una explosión sin guerra. Despertando a mi alma, zarandeándola a que viviera.
Y  ella despertó sedienta, ávida de incandescencia, traspasando por las ventanas de su ceguera, la lava de ese volcán que dormía en el interior de mi caverna.
Y me alcé hambrienta,  famélica de la carne que cubría la parte externa de tu entrepierna, erigiendo el mástil en cada beso, en cada roce de caderas.
Y bebí mis ganas y sorbí mi pena y caminé despacio por la piel de tus quimeras.
Y te miré a los ojos y penetré en el interior de tu linaje, traspasando tu capa externa, atravesando todas tus barreras. 
Me provocó tu pureza, me excitó tu vergüenza, aquello que ocultabas, aquello que no dejaba indiferente a mi realeza.
Y quisimos ser uno, allí donde la dualidad respira alterando nuestra paciencia, desobedientes de raciocinio, sublevadotes de mentes quietas.
Y penetraste en mi lecho, rozando las paredes con la piel que envaina tu realengo, altivo y orgulloso de ser hombre en ese momento.
Cabalgaste sin prisa, montaste sin condena, al ritmo de dos corazones que volaban por lo alto de sus cabezas. Y agitaste mi alma, y elevaste la voz de mi indulgencia, sin palabras, ni sonidos, sólo con tu movimiento de caderas.
Y solté mis manos, se escaparon todas mis reticencias, volé libre, sin mi cuerpo, conectando con lo invisible, con lo impalpable, con  lo intangible, con todo aquello que se escapa de la conciencia.
Tronamos en quejidos, gemidos y tregua, engalanando con alas tu cuerpo y vistiendo de camisa mis miedos. Luces de colores cubriendo el cielo, hospedaje de nuestros sueños. Hedonista de hechizos, libidinoso de encantamientos. Explosión de volcanes, de cráteres y calderas más allá de lo físico, más allá de anodinas esencias.
Descendí despacio, paso a paso, sin prisas ni diligencias, saboreando lentamente el sabor de esta batalla sin licencia.
Y abrí mis ojos y te encontré a mi vera, saciado de caricias, pacificando mis ideas.
Revelé lo privativo de tu abolengo, la nobleza de tu casta, la magnanimidad  de tu sonrisa, la entereza de tu raza.
Desenvolviste de papel de celofán mi cuerpo, topándome con un ser que nadaba por recuperar el derecho de ser quien era, sin tapujos en el aire, libre dentro de una pecera. Rompiste todos mis esquemas, podía ser yo, sin mascaras ni caretas.
Desataste a esa mujer que ardía entre llamas, que desconocía la verdad de vivir en la tierra, podía ser cielo o infierno, ya no había nada que me atara a ilusorias fronteras.
Recatados van por el mundo, enjuiciando mi libertad como bandera, tú me mostraste el camino, quédate a mi lado, no huyas hacia otras esferas.
Acaricia de nuevo mi universo, que el bochorno anega la parte interna de mi pierna, chamusca el fuego de mi interior, que sólo quiero morirme en tu hoguera.